El nuevo libro de poemas de Vivian Lofiego (Buenos Aires, 1964), Vida secreta, se puede leer como el diario de bitácora de un alma errante, la cartografía musical de una vagabunda que primero traspasa una frontera, la de una intimidad casi clandestina, y luego otras vinculadas con el paso de la infancia a la madurez, de la inocencia a la desilusión, de un país a otro y de una lengua a otra. Lofiego vivió en París por más de veinte años. Allí trabajó en el Teatro del Odeón, estudió en la Sorbona, dirigió talleres para narradores y traductores, obtuvo becas y reconocimientos. Tradujo a grandes poetas como Henri Michaux, Victor Segalen y Bernard Noël, de quien se hizo amiga.
En un verso de “Julieta de los espíritus”, poema dedicado a Noël, se insinúa una clave de lectura: “se ampliaría la sombra que cada viajero traería”. Ése es quizás uno de los modos en que la escritura de Lofiego avanza: la expansión por el camino del misterio, la búsqueda de claridad no por medio de la transparencia sino de los desvíos, los ecos y los rastros de otras escrituras en la suya. “El libro volvió a mis manos,/ lista para recibirlo/, ¿pronta a partir?”, se pregunta la voz del laberíntico poema “La manzana en la oscuridad”, que toma su título de la cuarta novela de Clarice Lispector.
“El libro se fue armando entre 2005 y 2012 en varias etapas –cuenta Lofiego–. El primer poema, ‘La manzana en la oscuridad’, fue escrito a partir del impacto que me causó leer dos libros de Lispector. Los textos están articulados en un movimiento donde lo primero que aparece es la vida luego del big bang del espacio interior. Después hay una serie de amuletos que están constituidos por viajes, obras de arte, maestros de pintura, de música, paisajes. Todo eso conforma un decorado, la mise en scène en la que  se desarrolla la pasión amorosa.” Diferentes sujetos, muchos de ellos emblemas de las formas que la pasión amorosa encarna, le prestan a Lofiego sus máscaras para explorar la vida secreta. Clara Schumann, Alma Mahler, Giulietta Massina, Sylvia Plath y Jean Genet, entre otrxs, toman la palabra en los poemas. ¿No es posible que el secreto de una vida se pueda declinar “en una primera persona impersonal/ un plural dividido en cenizas”?
La escritura poética de Vida secreta es inusual. No hay narraciones en verso de anécdotas cotidianas ni impresiones de hallazgos perceptivos; tampoco abundan los soliloquios efusivos ni las referencias contextuales (o sí, pero de una manera barroca, en la que coexisten las circunstancias, los propósitos y escenarios: “En el Gólgota tres cruces marcaban el cielo/ en un patio de Palermo se apaga una voz de infancia/ en Tánger descansa al fin Genet”). Los poemas de Vida secreta son piezas portátiles de un museo verbal.
“Otra de las artes que ocupa un lugar especial para mí es la pintura -dice Lofiego-. En París ilustré dos libros para niñxs que yo misma había escrito. Pintaba y dibujaba, de manera libre y autodidacta, armaba collages, les agregaba poemas.” Esa experiencia con imágenes fijas aportó una especie de soltura que caracteriza sus poemas, invadidos por sentencias, epígrafes de efigies ausentes, citas y notas asidas al vuelo. La libertad formal y temática de su escritura se emparienta con la tradición de los poetas viajeros. “Trabajé durante un tiempo los textos de franceses como Segalen, Michaux, Gaspard, Velter. En ellos me fascinaba descubrir y constatar el modo en que el yo empequeñecía y dejaba lugar a la experiencia propia del viaje. Viajar es una manera de introspección profunda”, señala Lofiego. Poeta de la melodía enmarañada y de la proliferación, de la condensación de lógicas temporales y de la transformación, Lofiego es también la viajera solitaria que canta para hacerse compañía: “Aprendería que las palabras nacen de la pérdida,/ de una canción oscura del abismo del caracol,/ del interminable tul de un vestido adherido a mis células”.
Vivian Lofiego   

Vida secreta