19 de agosto de 2007

Beatriz Vignoli - Soliloquios



Soliloquios de Beatriz Vignoli

Esenin en la ventana

Los tiernos se suicidan en invierno
y nada de primavera los sucede.
Han padecido el verano, el amor calamitoso
/ de los otros

y el otoño prometía ser siempre así.

Los tiernos tienen alma en vez de piel
y prefieren, aunque sea lo último que hagan,
abrigarse en su sangre,
en su sangre toda como en un manto púrpura.

Al calor de la propia muerte mueren
cayendo en ella como frutos, como gatos
que nacen.
No les pertenecerá ese frío terrible.
Traicionados por la tibieza del otoño
se suicidan los tiernos.
Hechos nieve los hallará la primavera,
que por ellos venía.


(contratapa)
.....El soliloquio, la convención teatral según la cual el actor o actriz, apartándose de la escena, pronuncia en voz alta y sólo para el público los pensamientos íntimos de su personaje, puede servir de máscara para la primera persona de la poesía lírica. El soliloquio se diferencia de cualquier indigna confesión pública gracias al traslúcido velo que lo envuelve, como un círculo mágico, en la autonomía de la obra de ficción teatral.
.....El teatro naturalista ha privado a sus héroes y heroínas de este espacio de conciencia. Pero en la tragedia, esa conciencia moral es el horizonte ético sobre el cual la catástrofe se convierte en dato estético. En la tragedia moderna, el carácter o la historia reemplazan a los dioses o al destino y el coro ha dejado su sitio al espectador. A éste ya no se le pide que se apiade del culpable inocente sino que con piedad reflexione, reflejándose en este doble, sobre los límites entre la responsabilidad y la fatalidad.
Una voz que se propaga
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Por Sonia Scarabelli


Rosario/12

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......La editorial independiente Huesos de Jibia, de Buenos Aires, ha publicado recientemente Soliloquios, nuevo libro de poemas de la autora rosarina Beatriz Vignoli, que una vez más hace patente la indudable calidad y madurez de su producción. Beatriz Vignoli (Rosario, 1965) es poeta, narradora, traductora literaria y crítica de arte; colabora en Rosario/12 y diversas publicaciones de poesía desde 1980, y también coordina talleres de escritura. Entre sus libros de poemas se encuentran Almagro (2000), Viernes (2001), Itaca (2004), Antología Personal (2004) y Bengala, de próxima aparición.
Los poemas que integran su último libro ?dividido en tres secciones, I. Clásicos, II. Modernos y III. Bonus Tracks? parten de una forma común, la del "soliloquio". A este respecto, señala Vignoli en el Epílogo que "la convención teatral según la cual el actor o actriz, apartándose de la escena, pronuncia en voz alta y sólo para el público los pensamientos íntimos de su personaje, puede servir de máscara para la primera persona de la poesía lírica". Así, más allá de la máscara, lo que cuenta aquí es lo que llega a través de ella, esto es, una voz que se propaga por los poemas para tomar por asalto la fortaleza del nombre propio y devolverlo allí donde ese nombre nos conduce a una reflexión acerca de nosotros mismos y nuestra experiencia como sujetos.
Literarias o históricas, las personas, las máscaras que son puestas aquí cara a cara con el lector, toman la palabra de manera tal que hacen resquebrajarse los límites de su fisonomía, la que la literatura, el mito o la historia le han conferido. De este modo, su decir "se diferencia de cualquier indigna confesión pública" porque la voz poética que las sustenta no se contenta con abrirles la boca, sino que las sostiene aguda, sólidamente en el terreno del agón, en tanto lucha verbal y proceso en el que el yo lírico, detrás de su máscara, se opone y apela a los otros, y fundamentalmente al lector, para que ?retomando a Vignoli? "con piedad reflexione, reflejándose en este doble, sobre los límites entre la responsabilidad y la fatalidad".
Cuando Ifigenia se levanta de su ara sacrificial para decir: "Padre: la suerte de tus armas/ no dependía de mi muerte./ Nada une a la cordera con tu enemigo./ Nada unge al metal./ No hay magia en las estrellas/ y la sangre, diversa/ jamás entrará en la letra", está muy lejos de la hija conducida con engaños a abonar la victoria del padre guerrero, que acepta finalmente su destino y cuya única elocuencia son las lágrimas. Y las palabras de Nathanael son aquí muy distintas de las de aquel estudiante decimonónico que perdió el seso luego de saber que se había enamorado de una autómata: "¿Qué es la alegría/ si el alma se maneja con resortes? [...] Fumo y bebo en el mundo como un ciego./ No quiero ver qué nueva diva han estampado/ en las cajas de fasos, no quiero/ mirar la matriz móvil de celuloide y plata/ grabarse en la pantalla, prostituir la Luz". E igualmente está muy lejos de su locura cervantina el Alonso Q. que afirma: "También son letras ellos, quienes me compadecen./ Yo he comprendido: sé que se me escribe."
Valgan estos mínimos ejemplos para dar cuenta de la manera en que Vignoli hace bailar la referencia a través de la lengua del poema en una espiral que la proyecta fuera del cuadro estricto de su anécdota y la vuelca en la mayor proximidad del lector, en su completa actualidad con "todos estos [que murieron] sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra", según confirma y advierte el epígrafe con el que se abre el libro.
De ahí que estos poemas produzcan la impresión de salirse del tiempo para instalar uno propio, ucrónico, en el que recibir la lógica de lo que no fue; y recurriendo intencionadamente al anacronismo de toda especie, y en particular al verbal, dar cuenta de la ubicuidad de la voz poética, su capacidad de desdoblarse en el tiempo y en el espacio, e inquietar toda convención sin perder su ritmo, su estela de canto. En este sentido, Soliloquios constituye también una prueba brillante y feliz ?de la cual Vignoli sale largamente airosa?, de que la lírica, como género proteico, siempre es mucho más que sólo pensamientos en voz alta.


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Reportaje

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Osvaldo Aguirre

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[Primera persona]



Un regreso a la lírica

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Beatriz Vignoli recrea voces de personajes históricos e imaginarios en Soliloquios, su nuevo libro de poemas, una reacción contra la poética de los 90. Ifigenia y Jasón, Raskolnikof y Baudelaire (en el burdel), Mersault y Will Loman, los personajes de Albert Camus y Arthur Miller, son algunas de las voces que se hacen escuchar en los poemas de “Soliloquios”. Detrás de esos personajes, históricos e imaginarios, está la escritura de Beatriz Vignoli (Rosario, 1965), que acaba de publicar su nuevo libro en el sello Huesos de jibia, en Buenos Aires. Autora de los libros de poesía “Almagro” (2000), “Viernes” (2001), “Itaca” y “Antología personal” (ambos en 2004), Vignoli dice que concibió su nuevo libro a partir de una crisis con su poética y de la muerte de un amigo, Fernando Dintrans. Su obra incluye además una importante producción narrativa, con las novelas “Reality” (2004) y “DAF” (estuvo disponible en el sitio poesia.com).

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—¿Cómo fue el proceso de escritura de “Soliloquios”?

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Este libro surge como un proyecto bien definido, de varias causas. Una fue una entrevista que le hice en 1998 a Peter Sirr, un escritor irlandés que estuvo de visita en Rosario ese año y que dio un curso sobre traducción. Lo primero que le pregunto es por un poema suyo, “Yorick”, un monólogo del cráneo de Yorick en las manos de Hamlet. Y él me cuenta que ese poema viene de un libro donde hace hablar a personajes laterales de la historia, personajes que no tuvieron voz. Relacioné esa idea con el “Poema conjetural” de Borges, que conozco desde la adolescencia, donde Borges imagina el monólogo interior de Francisco Narciso de Laprida antes de ser asesinado. Otra fuente importante fue la “Antología de Spoon River”, de Edgar Lee Masters. Los tres trabajan con el mismo concepto: hacer hablar lo que en la historia fue silenciado, tomar el poema como el espacio donde puede hablar aquel que no pudo decir su verdad.

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—¿Cómo pasaste de esas referencias a la escritura?

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El disparador fue una crisis. Se estaba muriendo Fernando Dintrans, un poeta rosarino inédito, una especie de neobarroco clásico. Fernando nunca se había mostrado muy conforme con mis poemas objetivistas, o que intentaban ser objetivistas. Me había dicho que quería leer otra cosa. Justo en ese momento entré en crisis con el objetivismo. La lírica se sustenta en la ilusión de que el poeta pueda decir su verdad en el poema, que el objetivismo puso en cuestión: se toma de las teorías de Roland Barthes sobre la muerte del autor y dice que no existe un sujeto, no existe el yo lírico, el yo lírico es una construcción ficticia. Pero, ¿por qué tiene que callar el sujeto? ¿Es realmente artificial el sujeto? A través de un momento de dolor se me aparece la idea de que hay una verdad del sujeto. Entonces empiezo a escribir para Fernando una serie de poemas donde tomo una serie de personajes y les empiezo a dar una voz. Yo estaba necesitando un espacio en mi poesía donde hacer aparecer algo del orden de la verdad del sujeto, una verdad mía. Y tenía esa prohibición objetivista, que no quería dejar de respetar, todavía, que era la prohibición de la lírica.

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—¿Dónde encontrabas formulada esa prohibición?—

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Esa prohibición la fuimos construyendo en los diálogos que yo tenía con mis contemporáneos, mis interlocutores de entonces. Cuando escribí los poemas de “Almagro”, mi normativa era una poesía que tomara el lenguaje en su sentido denotativo, donde la palabra debía tener un referente unívoco. La prohibición más fuerte era la ley que habíamos construido nosotros mismos para nuestra propia poesía. En los años 80, lo que se nos presenta como problema a los poetas que estábamos tratando de surgir era que el neobarroco permitía decir todo; si todo está permitido, nada es posible, entonces la cuestión era cómo acotar el campo de lo decible. Bueno, prohibiendo ciertas cosas, determinando tabúes. En el prólogo de la antología “Poesía en la fisura”, (Daniel) Freidemberg plantea que el poema es un artificio, se hace con palabras, supuestamente no hay nada de la verdad puesto en juego. Son ideas a las que Freidemberg hoy no adscribe, pero en aquel momento eran muy fuertes: el poema era un artificio desconectado de toda ilusión de que el poeta pudiera decir a través de él su verdad. Lo que yo hago en “Soliloquios” para sortear esta prohibición es ponerme una máscara. En el soliloquio de Blanche Dubois (heroína de “Un tranvía llamado deseo”) yo digo mi verdad bajo la máscara de la verdad del personaje. Sigue siendo un artificio, es un artificio extremado, no hay nada más artificial que el artificio teatral, y sin embargo la gracia del teatro está en ese momento lírico, que es un momento de verdad, diría Adorno.

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—¿Cómo explicarías esa verdad?—

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Es muy difícil, porque la verdad no preexiste íntegramente al discurso. Lo que preexiste en todo caso es un afecto sin forma, quizá un sentimiento, una emoción, algo que todavía no tiene palabras. A medida que uno va encontrando las palabras va construyendo esa verdad, que tiene, sí, algo de artificio. A medida que escribo el poema, un poco descubriendo y un poco inventando, construyo eso que después termina apareciendo, de alguna manera misteriosa, como una verdad del sujeto. Pero lo que me permite hacer este libro es poder encontrar alguna vinculación entre el artificio que es la obra de arte —llámese teatro o poema— y esto que aparece como un momento de verdad, conectado con algo si se quiere real.

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—¿Cómo aparecieron los distintos personajes?—

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A veces a partir de reflexionar sobre ellos estudiando las obras de donde surgen, por ejemplo el personaje de Natanael, el protagonista de “El hombre de la arena” de Hoffmann, aparece a través de un seminario que cursé con Silvia Delfino donde estudiamos ese relato como el momento de aparición de lo siniestro.

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En ese poema, el verso “Sospecho a la belleza las peores intenciones

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...—(interrumpe) Ese verso es mío.

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—¿Tiene que ver con la historia del personaje o con tu historia?—

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Con las dos cosas. Ese verso es mío. En esto soy un poco como los cabalistas. Gershom Scholem decía que un cabalista era un místico que no quería tener problemas por su misticismo. Justamente porque el místico es el que hace aparecer una heterodoxia insoportable, que es la heterodoxia de la visión, un equivalente religioso de lo que en la poesía argentina de los 80 sería hacer aparecer la heterodoxia del yo. Entonces los cabalistas toman los textos sagrados, buscan los pasajes que tengan que ver con lo que ellos vieron y hacen como que lo interpretan, describiendo sus visiones. Tanto ese verso como los otros que constituyen el libro están construidos de esa manera, son afirmaciones que yo sentí como verdaderas respecto de mí y por otro lado solamente incluyo, de todo lo que puedo decir de mí, aquello que el personaje podría decir de sí mismo en el marco de su historia. Poder hablar como si yo fuera él me permite también decir algo de mis propias sospechas, de mis propios miedos. Es un poco también lo que hace Stanislavsky cuando les propone a sus actores que trabajen con la memoria emotiva. Detrás de la máscara aparece algo del orden de la propia verdad.




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Los nuevos diamantes
Desvíos de la pasión

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-Beatriz Vignoli, poeta y novelista, autora Almagro, Viernes, Itaca, Soliloquios, y la novela Reality.


Es poeta, novelista, crítica de arte y traductora de inglés. Cuando le preguntan cuál de esas profesiones elige para presentarse, Beatriz Vignoli responde: "Todas". Publicó su primer libro de poemas a los catorce. "De chica llenaba cuadernos a mano donde imitaba modelos tan diversos como el surrealismo de Enrique Molina o los beatniks. Estudié canto, arte y teatro. Pinté durante unos años y luego volví a escribir poesía. En 1999 me volqué a la poesía lírica en primera persona. En mi próximo libro, Bengala , retomo la influencia inicial del surrealismo", cuenta la autora rosarina. Sus poesías hablan del amor, un tema al que considera el gran tabú de su generación: "Escribo sobre los costados más terroríficos del amor, sobre sus desviaciones y fracasos. Mis temas recurrentes son el paisaje urbano, la epifanía, la tragedia, el dolor, el sinsentido de la existencia, la vanidad de la gloria, la soledad. En prosa, me gusta abordar problemas ideológicos o sociales desde el humor y con una mirada excéntrica, educada en el cine y en el arte". Vignoli cree que el talento no es un don innato que no pueda transmitirse. "Es la capacidad de crear y resolver problemas en cada terreno, semejante al dominio de cualquier otro proceso complejo. Puedo advertirla en poetas o artistas cuando su obra, al ser el producto de una serie de decisiones contingentes, da la impresión de ser una forma necesaria, como si no hubiera podido ser de otra manera".


Natalia Blanc





Es profunda, auténtica y original.


Por Hugo Padeletti

Entre los poetas jóvenes pero de obra ya madura que conozco, se destaca Beatriz Vignoli por su profundidad, autenticidad y originalidad. En su obra no depende de novedades o experimentalismos, sino de un fuerte compromiso con su propia visión connatural. Su poesía es directa, fresca y vívidamente actual. Como no repite un esquema, y a pesar de toda la riqueza implícita que contienen, cada uno de sus poemas parece improvisado en el acto mismo de escribirlo. Otros poetas con poca obra todavía, pero cuyo futuro poético me interesa son Ignacio Miller, Alejandro Palermo y Mariana Vacs, discípula de Vignoli.


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