14 de julio de 2008

Las auroras de otoño, Wallace Stevens



Las auroras de otoño de Wallace Stevens

(traducción y prólogo de Roberto Echavarren)

Las auroras de otoño (dos fragmentos)

I

Aquí es donde vive la serpiente.
Su cabeza está hecha de aire. Bajo su cola de noche
ojos se abren y se fijan en nosotros desde todos los cielos.

¿O es otro sacudón salido del huevo,
otra imagen al fondo de la caverna,
otro incorpóreo para el cuerpo empantanado?

Aquí es donde vive la serpiente. Éste su nido,
estos campos, estos cerros, estas teñidas distancias,
y los pinos sobre y a lo largo y al costado del mar.

Ésta es forma aferrando lo informal,
piel destellando hacia desapariciones deseadas
y el cuerpo de serpiente destellando sin piel.

Ésta es la altura emergente y su base
estas luces puede que alcancen un polo
en la mitad más honda de la medianoche y encuentren la serpiente allí,

en otro nido, el señor del laberinto
de cuerpo y aire y formas e imágenes,
inexorable en posesión de la felicidad.

Éste es su veneno: que ni siquiera creamos
En esto. Sus meditaciones en los helechos,
cuando se movió tan leve para asegurarse del sol

nos volvió no menos asegurados. Vimos en su cabeza,
de cuentas negras sobre la roca, el moteado animal,
el pasto semoviente, el Indio en su claroscuro.

II


Adiós a una idea... Una cabina
vacía en la playa. Es blanca,
como de costumbre, o según

un tema ancestral, o como consecuencia
de un curso infinito. Las flores contra la pared
son blancas, un poco secas, una especie de marca

recordando, tratando de recordar, un blanco
que era diferente, otra cosa, el año pasado
o antes, no el blanco de una tarde que envejece,

sea más fresca o más opaca, sea de nube de invierno
o de cielo de invierno, de horizonte en horizonte.
El viento levanta la arena a través del piso.

Aquí, ser visible es ser blanco,
es ser de blanco sólido, el cumplimiento
de un extremista en un ejercicio...

La estación cambia. El viento frío congela la playa.
sus líneas alargadas se hacen más largas, más vacías,
un oscuro se congrega aunque no se precipita

y la blancura se hace menos vívida en la pared.
El hombre que camina se queda en blanco sobre la arena.
Observa cómo el norte aumenta el cambio siempre,

con sus brillos frígidos, sus barridos rojiazules
y ráfagas de grandes iluminaciones, su verde polar,
el color del hielo y el fuego y la soledad.

La poesia de Wallace Stevens es una poesía de la naturaleza a la manera de Wordsworth. Su emoción proviene de lo emoción irracional, lo intuitiva y del impulso inspirado de un jugador de ajedrez. Es un ejecutor, pero en la medida en que ejecuta, su ego se disuelve en la naturaleza, en los procesos impersonales del cosmos. Deviene un sujeto sin persona. Una montaña, un gigante. Como el último Hölderlin, registra el curso de las estaciones, “las auroras de otoño”, y el movimiento de los astros, la dinámica de un cambio estacional; como en La tempestad de Shakespeare, registra atmósferas, aires. El poema dinamiza el cosmos, a partir de cero. Es un antídoto contra el aburrimiento. El poeta sigue escribiendo para librarse de la poesía que ya escribió. Sólo lo desconocido es interesante. Sólo lo irracional. Que pasa a ser conocido y en esa medida debe ser dejado atrás.
.....El pensamiento es afección, intensidad, es una ola bajo el agua, agua dentro del agua, es “como” la naturaleza, o la naturaleza es “como” el pensamiento, sólo que ese “como” es siempre inadecuado, oscuro, porque deriva de lo invisible y pasa a lo visible y viceversa. Lo invisible se hace visible por relampagueos, chasquidos, ráfagas, movimientos dentro del movimiento:

Piel destellando hacia desapariciones deseadas
y el cuerpo de serpiente destellando sin piel.”

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