17 de marzo de 2012

TRADUCCIONES: Joseph Brodsky, reseñado

Aquí les dejamos una reseña de Canción de cuna y otros poemas, de Joseph Brodsky. Fue escrita por Rafael Felipe Oteriño y publicada en 2010 en la revista Hablar de poesía.

La locución de un clásico
Joseph Brodsky: Canción de cuna y otros poemas
Traducción de Daniela Camozzi y Walter Cassara
con epílogo de Walter Cassara
Huesos de Jibia






La concesión del Premio Nobel a Joseph Brodsky en 1987 trajo a la luz
el nombre de uno de los grandes poetas y ensayistas contemporáneos.
Algunos lectores atentos a la crónica diaria, ya habían tomado nota, en los
primeros años de la década del ’60, de ese joven que se animó a desafiar
a los tribunales soviéticos, haciendo una defensa de la poesía que luego se
convertiría en leitmotiv de su vida. Si entonces respondió a la interrogación del
juez acerca de su trabajo con la afirmación: Soy poeta, y a la repregunta: ¿Y
quién lo dio autoridad para llamarse poeta?, con la no menos contundente:
Nadie, ¿quién me dio autoridad para integrar la raza humana?, luego, en
incontables ocasiones, daría los fundamentos que no pudo esgrimir en aquel
juicio por vagancia al que se lo sometiera: De lo que se trata es de entrar en
contacto directo con el lenguaje o, más exactamente, la sensación de caer
inmediatamente bajo su dependencia, de todo lo que ya fue dicho, escrito y
realizado en él. Una explicación antropológica, ya que entendía por poesía
menos un arte que la articulación de una lengua distinta dentro del lenguaje,
haciendo de la obediencia a sus dictados una cuestión de naturaleza ética. Algo
así como la condición humana por excelencia, puesto que el hecho de ponerla
en práctica, escribiéndola o leyéndola, importaba, según esta idea, entrar en
contacto con la más alta dignidad del hombre.
Aquel acontecimiento, tanto como la difusión de la obra de T.S.Eliot y
Ezra Pound a mediados de siglo XX y de C.P.Kavafis años más tarde, fue en
nuestro medio un llamado de atención sobre la vitalidad de la tradición literaria
que, ya proviniera de la cultura grecolatina, de su reelaboración bizantina
extendida hasta las orillas del Báltico o de la cristianización de todas ellas,
parecía haber quedado relegada al ámbito erudito. Todos ellos coincidieron,
cada uno en su momento, en aportar al acto poético un aire ricamente cargado
de esa cultura. Bajo su influjo, se renovaron los temas y se reinstalaron
posiciones soslayadas durante la influencia neorromántica, primero, y por las
vanguardias, después. En lo programático, la observación objetivada de los
hechos, el tratamiento del tema histórico como mero episodio de lo humano, el
uso indistinto del verso medido o libre –con o sin rima– sometido a variaciones

y mixturas, el abandono de la efusión lírica y del derramamiento decorativo,
con la introducción en el poema de la frase asertiva; y en lo temático, la
historia universal y la propia literatura como venero de la creación literaria
(cosa que Borges, casi al mismo tiempo, ponía en práctica al considerar la
filosofía desde su perfil estético más que por su finalidad especulativa).
En Brodsky (San Petersburgo, 1940 - Nueva York, 1996), todo esto
tuvo, además, matices propios. Nacido en la bella ciudad de los zares ya
rebautizada Leningrado, “exactamente en el momento en que los crematorios
de Auschwitz funcionaban a toda máquina”, como recordaría durante la
ceremonia académica, fue juzgado a los veinticinco años por no colaborar con
el bien común y condenado a su propio Trastévere en granjas de adaptación
situadas en confines helados, hasta que la comunidad de escritores occidentales
obtuvo el salvoconducto que lo condujo a Viena, a Londres y de ahí a
los Estados Unidos en 1972. Dichas peripecias le hicieron madurar otras
convicciones no menos capitales: el poder salvífico de la poesía, la obligación
del escritor de honrar la gran literatura del pasado, la magnitud espiritual de
la elaboración poética, toda vez que –según su visión– los metros repiten el
latido de la vida y las rimas son el reflejo de las funciones cerebrales. Aquel
joven que defendió su condición de poeta en uno de los juicios más absurdos,
mantendrá viva esta fe hasta el final de sus días. En ensayos y conferencias, en
foros y coloquios, y durante la lectura de sus poemas ante tribunas colmadas de
universitarios, habrá de elevar la frecuentación de la poesía a la condición sacra
que tuvo en la antigüedad.
Consciente de que la persona es su lengua y que, como
emigrado, debía ganarse la aceptación del país al que había accedido, se dio a
la tarea de traducir su poesía del ruso al inglés –luego también la escribiría en
este idioma–, convirtiéndose en un escritor de dos lenguas. Esto es funcional a
su modalidad poética, ya que su novedad, lo que aporta a la poesía –fuera del
énfasis sobre el componente musical del verso– es la confrontación de mundos.
Del mundo cerrado de su infancia a la permeabilidad de la democracia que lo
acogiera, de los valores del terruño a la desmesura del país de la riqueza y el
intercambio, del pasado –el familiar, en primer lugar, pero también el
proveniente de sus lecturas– a las mudanzas del presente. No se trató de un
simple desplazamiento territorial ni de un mero choque de costumbres, sino de
la puesta cara a cara de coordenadas espaciales y temporales disímiles. Y,
paralelamente, de hacer del poema el continente para la asimilación de todo
ello.
Así leemos su poesía imperiosa, deliberadamente ambigua y apasionada

a la vez, pasando de la crónica de los hechos al testimonio de un dolor
destilado gota a gota. Propenso a las acumulaciones y elipses, Brodsky
yuxtapone tiempos y figuras hasta conformar un corpus verbal que opera por
sobre el corpus real reduciéndolo a la condición de anécdota. Los personajes
de la historia, del arte, del acontecer diario, son sus temas, y son, al mismo
tiempo, los pasajeros de un arca que se abre paso en el tumultuoso presente
para adivinar los días que vendrán. Esas imágenes soportan mejor el traslado
a nuestra lengua, pero nada diríamos de esta poesía si omitiéramos la mención
de su música, nacida del embrujo de la métrica y del teclado de los acentos. Por
ellas sabemos de su vida en la aldea rusa y del nuevo mundo que no termina de
asimilar, en el que: Cantan las aves del paraíso, aunque no tengan/ ninguna
rama donde posarse.
Adopta, de tal modo, el punto de vista del extranjero, sabedor de que
para él son las sorpresas y no el poder de cambiar el rumbo de los hechos.
Que su papel es la adaptación –ya que no elige el regreso, ni aún cuando le es
posible hacerlo– y el convertirse en la mala conciencia de la época, conforme
a la expresión de Saint-John Perse para aludir al papel del poeta en la sociedad
de su tiempo. Es su primer triunfo sobre el ego. Lo que lo hace dueño de una
dicción de alguna manera solitaria y universal. Por momentos, un habla de
laboratorio. Pero que es, en definitiva, la locución de un clásico: porque es el
compendio de otras voces y porque no hace ningún esfuerzo por ocultar su
genealogía. Sin condescender a lo elegíaco en las cuestiones privadas –reserva
la elegía para evocar a sus grandes maestros: Donne, entre ellos– denuncia la
futilidad de la época, su derroche de energía, la condición innoble de ciertas
maniobras que ensucian la causa noble del quehacer humano. Poesía para ser
dicha en voz alta es, de tal modo, afirmativa e impone al lector una escucha
como de santuario. Los que lo oyeron recitar sus obras en inglés –con párrafos
intercalados en el idioma ruso en que fueron escritos– dicen haber asistido a
una ceremonia en la que la poesía tomaba el carácter de una oración laica.
Como su admirado Auden, Brodsky habla siempre a un lector
impersonal que conoce la lengua culta pero que no se cierra a los usos más
convencionales del lenguaje de la calle. Así es como busca la complicidad del
otro –su guiño amigo–, porque lo sabe compañero de tránsito. De asombro y
extrañamiento, de gratitud y admiración están recorridos los poemas. En el
titulado 24 de mayo de 1980 –día de su cumpleaños número cuarenta– describe
las torsiones espirituales (y de las otras) que debió realizar para conquistar su
lugar en esta tierra. Son imágenes destinadas a exorcizar el pasado y alejar la
muerte, a los que hace rodar por el lecho de un río que es, inequívocamente,

el tiempo. Concluye el poema con palabras generosas: No obstante, incluso
cuando mi garganta esté llena de tierra/ la gratitud seguirá brotando de ella.
La presente selección, reunida bajo el título de uno de sus
poemas más ambiciosos, es una muestra ejemplar de su obra. Dos poemas de la
etapa rusa –Otoño en Norenskaia y Seis años después–, otro escrito en el
comienzo de su exilio –titulado sintomáticamente Ulises a Telémaco–, en el
que menciona lo dejado atrás y el abarrotamiento del presente, y, entre poemas
últimos, las dos operas magnas: Canción de Cuna de Cape Cod y Vertumno.
En la primera canta su renacer –habría que repetir aquí el vocablo adaptación–
en la historia ajena, que va siendo suya muy lentamente, empapada por la
sustancia del tiempo: la fugacidad, la irrepetibilidad. Luego de consignar
cambié un imperio por otro, susurra, confidente: Por haber probado dos
océanos/ y dos continentes, creo saber/ lo que debe sentir el planeta: no hay
dónde ir. En Vertumno habla a la divinidad romana que personifica la noción
de cambio –de la naturaleza, de las estaciones y de los frutos–, haciendo un
paralelismo entre su figura y la profusión de lo viviente. El resultado es un
intercambio entre el presente y el pasado, entre un idioma y otro y lo que de
indecible hay entre ambos, lo turbado y lo imperturbable, lo infinito y lo
transitorio. Tales son sus obsesiones. En suma, un soliloquio –eso es,
ciertamente–, ya que el único que habla es el poeta, mientras la deidad se
recuesta en una imperturbabilidad en la que nada se pierde del todo ni
desaparece ni se desgasta, limitándose a cumplir el milagro de renacer.
Sin entrar en la disquisición de si lo que digo es un elogio o una
observación, cabe señalar que la traducción está hecha desde el compromiso de
lograr un equivalente que no pierda el espíritu de los poemas, su coloratura y
emoción. No hay huellas del esfuerzo realizado, pero debemos pensar que lo
hubo, porque es muy difícil trasladar los efectos de una lengua a otra. Lo que el
lector recibe es el fruto de la compenetración de los traductores con el mundo
del autor y el deseo manifiesto de recuperarlo y exponerlo. Hay simpatía,
posibilidad y aproximación. Los traductores –señala Cassara en el estudio que
acompaña la colección– no seleccionaron los poemas siguiendo un criterio
antológico, sino que fueron los poemas los que se les impusieron en la medida
que toleraban la traslación y, misteriosamente, iban progresando en la lengua
de recepción. Como homenaje a este buen trabajo, cabe recordar a Benjamin
cuando afirma que la naturaleza de las buenas traducciones es dejar en claro
que son traducciones, esto es, versiones de una obra que es siempre otra. No
son ellas, señala, las que se vuelven afirmativas por el logro de una
equivalencia entre el original y la versión, sino aquellas en que el original

alcanza una expansión más vasta y renovada. Es lo realizado por estos dos
fieles traductores que han sabido llevar una poesía de gran complejidad a lo
que representa una fiesta del lenguaje.
La poesía de Brodsky es siempre un homenaje a la poesía. Ésta
es su interlocutor oculto. Entre líneas deja filtrar sus voces, proyectando tonos
y ecos. En el poema Otoño en Norenskaia, las figuras del campo ruso
trabajado: Quedan aún tres verstas por recorrer. La lluvia/ gobierna esta
llanura desolada, /y a la suela de las botas se adhieren grises/ y obstinados
pedazos de tierra natal, dejan traslucir destellos del mundo campesino de
Robert Frost –otro de sus maestros–, y del paisaje de Nueva Inglaterra
sobreelevado a la dimensión metafísica de su poema Stopping by woods on a
snowy evenning que todos recordamos: Amo los bosques sombríos y hondos,/
pero yo tengo promesas que cumplir/ y millas que hacer antes de dormir/ y
millas que hacer antes de dormir. También en Postal se adivinan resonancias.
Son afinidades que son influencias e influencias que revelan el permanente
acto de la literatura de beber de sus propias fuentes. En este caso el modelo es
el poema de Auden El ciudadano desconocido. Se trata de imágenes que dejan
ver un mundo en el que la concentración urbana borra al individuo hasta el
anonimato. La pregunta de Auden sobre ese hombre: ¿Era libre?, ¿Era feliz?
Preguntas absurdas:/ Si algo hubiera andado mal, sin duda alguna lo
sabríamos, es retomada por Brodsky en líneas que hubieran deleitado al
maestro: Hay tanta gente en este país que polígamos y asesinos seriales/
quedan libres de todo cargo y sólo se informan las tragedias aéreas (...) Todo
es pandémico./ Lo que adora uno es adorado por muchos,/ sea por un
deportista, por un perfume o por una bouillabaisse... Después de todo, cabe
acotar, ambos protagonizaron idéntico desplazamiento territorial y la
adaptación al mismo joven país.
Poderoso constructor de imágenes, también tuvo Brodsky, entre
sus destrezas, la ironía. No sería completa esta reseña sin hacer hincapié en
dicha cualidad. Ese modo melancólico y no exento de la gracia de saber reírse
de los comunes afanes y de las humanas derrotas. Maestro de este diablillo
vivaz, nuestro poeta expone los hechos, los envuelve en una atmósfera de
trascendencia y cuando ésta comienza a enrarecerse sin alcanzar la cumbre –
¿cuándo la trascendencia encuentra su cumbre?– opone el dato irónico, la falla,
el quiebre, la reflexión lateral que parecen volver todo al punto cero: Los
últimos veinte años fueron buenos casi para todos/ salvo para los muertos. O
este otro: Después de nosotros, no habrá diluvios/ ni sequías. Lo más probable
es que el clima,/ en el Reino de la Justicia –con sus cuatro estaciones–/ sea

templado, para que el colérico, el melancólico/ el sanguíneo y el flemático, se
turnen y gobiernen/ tres meses cada uno. Cierta vez fue invitado a una cena de
la que participaba su venerado Auden. Debido a que la silla de éste era
demasiado baja, la dueña le había colocado dos tomos de la Enciclopedia
Británica. Confiesa Brodsky que entonces pensó que estaba viendo al único
hombre que tenía derecho a tomar esos dos volúmenes como asiento.

Rafael Felipe Oteriño

Algunos enlaces relacionados:

Blog de la revista Hablar de poesía: http://www.hablardepoesia.blogspot.com.es/

Nota de prensa escrita por Juan Manuel Pérez para la revista El interpretador: http://elinterpretador.wordpress.com/2011/08/02/volve-brodsky-volve/#more-1155

Dónde conseguir Canción de cuna y otros poemas en Argentina:

Y en España:

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