4 de octubre de 2012

AUTORES: Javier Rodríguez, entre el furor de las cosas




                                              


Javier Rodríguez publicó con nosotros, el año pasado, su libro La rosa líquida.
Ahora, con epígrafe de Enrique Molina ( “Arde en las cosas un terror antiguo, un profundo/ y secreto soplo…”), nos introduce en un mundo de objetos encolerizados. Bajo el título "Furor de las cosas", les presentamos esta serie de inéditos suyos:


                                                                   
                                                                                      
                                                                                                                
Canilla

Porque ayer
a medianoche
a medianoche
a medianoche
llamé al plomero de Dios.
Vino y trató
de arreglar este desagüe.
Porque ya no sé qué hacer.
Porque a veces me levanto de madrugada
para callarla con mis manos.
¿Por qué se deslizarán voces
a través de ella?
Estallan en mí, ondulan en mí.
Porque su oscuridad me inunda
y mi casa ya es un oleaje,
un fervor de relámpagos.
Porque ya no puedo con ella
y no logro dormirme.
Porque la tristeza,
a veces, adopta
la forma de una canilla descompuesta:
un simple y hondo goteo

a

m
e
d
i
a
n
o
c
h
e



Correa

Un vértigo alrededor del cuello
hace que el corazón lata
golpeando todas las puertas.
Todas las puertas de la misericordia
para pedir un poco de paz,
una tacita de paz,
como si Dios fuera un vecino.

Hablo de ese resplandor oscuro,
hablo de aquel dogal
que nos ciega, que nos ahorca
y nos derrama hacia la calle.
Porque cada vez que intentamos huir
nos abisma más y más.

Hablo de la desesperación.




Tijera

Se abre, se despliega
en abismo de filos.
¿O luz que parpadea
cruzando oscuridades?

¿Acaso nuestros ojos desgarrados?

Me pregunto por la belleza,
el estupor de la contemplación.
Aquí,
en el laberinto profundo:
la noche ―sombra de la vida―,
donde no somos más que estrellas.
Llamas de la nada.
Jirones flameando en el fulgor.




Rocola

La vida
como un long long play
nos aturde
con sus distintas canciones:
pasear al perro, lavar la ropa,
trabajar y
entre otras miserias,
pasar hambre, ponernos ebrios.

Quizá la muerte
funcione de este modo:
coloca un disco,
pero siempre
quiebra la púa.
Siempre pone
la misma canción.


Teléfono

―¡Hola!―

Nadie contesta y
no sé cómo hacer.
Del otro lado
llueve torrencialmente
Busco palabras,
destellos,
un conjuro
para espantar sombras.
Intento gritar,
encender una llama
―señales, humo desesperado―
para no morir en la noche.


Espejos

Y la realidad, ¿destellos de Dios?

Y nosotros, ¿brillos a la deriva?

Y el haz de la soledad que devora todo,
¿resplandor de qué?

Y la refracción escondida del yo
que nos habla, que nos dice
mudas palabras,
¿trazos nuestros de cada día?
¿Exilio?

Y la noche, con sus olas oscuras
que imitan el balanceo
de infinitos borrachos,
¿luz? ¿tristeza?
¿Profundidad de la desesperación?

Y en el esplendor de aquellos
que contemplan y se contemplan
contra un televisor apagado,
¿qué se ve? ¿Qué imágenes?
¿Temblor de fantasmas?
¿Desasosiegos? ¿Simulacros?

¿Reflejos de la vida misma?


Javier Rodríguez presentando La rosa líquida
  
La rosa líquida fue presentado por Marcelo Di Marco, asimismo autor del texto de contratapa del libro:


Al leer estas páginas, quienes tenemos la suerte de conocer en persona a su autor podemos confirmar cuánto se parecen él y sus poemas: comparten la sonrisa sutil de la ironía, el resplandor de la alegría creadora, el desenfado que no excede los límites del buen gusto, la sabia conjugación de estrépito y silencio proyectada hacia el alma del interlocutor. Con su vida y su palabra a cuestas en notable armonía, Javier Rodríguez perfila una voz poética siempre expresiva en su ―valga el oxímoron― intelectual sensibilidad. Por momentos intimista y por momentos desaforado al declarar su amor por la poesía, él se atreve a celebrar la aventura misma de la creación, y lo hace dando cuenta de las gentes, las lecturas y los objetos y los fenómenos que nos acompañan todos los días.
En suma, este primer libro se revela como una auténtica fiesta para los sentidos, basada en la nitidez de imágenes trazadas con una pluma brillante de meditados claroscuros y no exenta de humor.


ALGUNOS ENLACES DE INTERÉS


Reseña de La rosa líquida escrita por Mariláu Sánchez, en el diario cultural Fin

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