6 de noviembre de 2012

RESEÑAS: "Nostalgia y otros poemas" en Hablar de poesía

Nicolás Magaril es el autor, para en Nº 25 de la Revista Hablar de poesía, de la reseña de Nostalgia y otros poemas, de Walter Cassara (HDJ, 2011).

Se puede leer en la web (http://hablardepoesia.com.ar/numero-25/un-paisaje-devastado-2/), pero además, la copiamos a continuación:


Un paisaje devastado

Nicolás Magaril (Walter Cassara: Nostalgia y otros poemas – Huesos de Jibia)
  
Walter Cassara reúne en esta antología personal una selección de poemas publicados en cinco libros entre 1994 y 2008. Desde el poema narrativo, abierto a la prosa política del siglo, al poema acendrado en la percepción y el instante, el conjunto despliega una notable versatilidad formal y estilística. Se pone en juego progresivamente una combinatoria de registros que va desde la fábula griega al drama soviético y envíos literarios de diversa índole. Hay temas que se corresponden de libro a libro, dando organicidad interna a estos planos: el del poeta como símbolo, de Orfeo a Mandelstam, es uno de ellos. El efecto general es una síntesis de autoconciencia estética, poesía entramada de incidencias históricas, intertexto y lirismo.  
La antología empieza con cinco poemas de Solar del extranjero (1994). El primero traza la parábola del desierto, la diáspora y la tierra prometida, convertida aquí tal vez en metáfora de lo ineluctable. Sigue un poema que gustará especialmente a quienes hayan sentido la intensidad un poco aplastante del destino y la obra de Malcolm Lowry. Pero Cassara no alude a Bajo el volcán (su obra maestra), ni a la dipsomanía del autor, sino a una aventura marítima de la adolescencia que es el punto de partida de todo su universo autobiográfico-ficcional: se modula la voz de un Lowry rimbaudiano evocando la plenitud de unos minutos en el castillo de proa “para estar a solas / con el rugido del mar”. La mayoría de los poemas de esta antología constituyen maneras del monólogo dramático, del «yo», se diría, como dispositivo. “Hölderlin” es otra de esas máscaras: después de 37 años al cuidado del carpintero Zimmer, en Tubingen, a orillas del río Neckar, el poeta alemán, humilde y cortés con los vecinos, repasa su vida: “A veces recuerdo quien fui / y estremecido de risa vago por los campos”. Los casos extremos de Hölderlin y Lowry, visionarios acechados por la locura, parecen responder a su manera a la pregunta establecida en el primer poema: “¿Qué fuiste a ver? / Tu casa yace / olvidada entre higueras / al borde del camino”. A “la tierra de Canaán”, leemos también, “se viene / por un camino de ausencias, / se llega casi / por obstinación, / por extrañamiento”. De alguna manera resuenan ahí las tres armas de Stephen Dedalus: silencio, destierro y astucia. La morada del carpintero Zimmer es la hospitalidad, otro solar aludido en el título, contrafigura provisional del desierto y la casa olvidada. Esa es la cuestión que, desde otro punto de vista, aparece en el siguiente poema. Lleva como epígrafe dos versos de Lezama Lima: “La hospitalidad que generalmente / se disminuye con los progresos de la civilización”. Una voz colectiva habla ahora en nombre de los proscritos de las “bancas” de la República platónica, según se resolvió después de un convivio célebre, celebrado en lo de Polemarco: “no hay casa de Polemarco (…) / No hay / no puede haber / donde gobierna el lego de Sócrates, / discurso que nos aloje”. Estado y Discurso representan esa inhospitalidad creciente, establecida en el fundamento de la civilización republicana, proscripción de la cual la lírica se recobra por los fueros de su obstinación y extrañamiento.
En los 16 Juegos apolíneos (1998) que componen la siguiente sección, figuras y sucedidos del acervo helénico se recrean con precisión argumental y exotismo irónicamente rectificado. Parten quizá de una oposición que se plantea, en uno de los poemas, en términos de “cielo Garcilaso” y “tierra Garcilaso”. Es decir, la visión excelsa, bucólica, melancólica, dionisíaca o satírica (“el viejo Pan descuartizando un lince”), la fruición estética de esa serenidad sin alegoría que sucede al orgasmo (“Leda lánguida juguetea con el cisne / al borde del arroyo. / ¿Hay algo mejor en lo que creer?”) vs. la tierra baldía (“yermo mental cubierto de asfódelos”). Al comienzo Apolo recibe en prenda la cabeza y la lira de Orfeo desmembrado, más adelante se escancia el vino en su nombre: “Mira en lo alto el cráneo de Orfeo: / por sus resquicios se asoman los pájaros / y el sol como una luz ulterior lo atraviesa”. El último poema vuelve a la figura de Sócrates, completando la del libro anterior ?no a sus palabras, de nuevo “sofísticas e improbables”, sino a su “actitud”: “una pulcra corrosión, una lozanía de viejo sátiro / es lo que amamos”.
Paseo del ciclista (2001) consta de tres poemas largos. El “Poema de Oswald” es, según consta en nota al pie, una “paráfrasis libre de El fantasma de Harlot”, novela de Norman Mailer sobre la CIA. El que habla parece ser algún amigo del supuesto asesino de J.F.K. El poema tal vez requiera alguna familiaridad con la biografía del imputado para su debida intelección. Presenta imágenes, como al sesgo, de la Guerra Fría y los años previos, y deja entrever destinos jugados en esa trama histórica: “la primera y única palabra que aprendí a deletrear / fue burócrata”, y más adelante: “muertos de miedo, encerrados en un tanque, leíamos a Whitman, / mientras del cielo caían las bombas”, y un poco más abajo, otro reverso beat del sueño americano: “perturbado te fugaste / a la URSS: en plena guerra fría un gesto que emulaba / las aventuras del adolescente Rimbaud”. En el poema siguiente, que da título al libro, un paseo en bici por “la ribera, hasta donde termina el arroyo”, se vuelve en su envión una meditación sobre la materia (“ese jeroglífico espejado en la carne”) y sobre el movimiento (“como en la fábula de los eleáticos”) o sobre el libre albedrío. Conforme el pedaleo se energiza y acelera (“pedalear hasta el colapso”), las figuras se enrarecen (“cobayo alucinado / trepidando en la rueda de los ciclos”). En el último verso, como se vuelve de un acceso, dice el ciclista: “me dolían las rodillas; chillaba en tono alegre y neutral”. El tercer poema, de semejante formato, es un parlamento de Calibán, personaje de largas implicaciones del arielismo al postcolonialismo. La contribución de Cassara me recuerda más bien al Sísifo de Camus, según el cual no hay destino que no pueda ser vencido por el desprecio: “mi único consuelo es la adversidad”, dice el esclavo de la isla “que envenenó Sycorax”.  
Máquina de trinar (2006) consta de 19 piezas breves sin título que expresan una inflexión distinta de la voz, que se reconoce a sí misma en otro plano: “Apago la lámpara y camino, callado, el campo. / Una voz nueva puede, quiere / sucumbir a su catástrofe”. La intimidad puede ser también otra forma de la neutralidad. En ese movimiento se agudiza la percepción inmediata. Un laconismo ligeramente musical que oscila entre figuraciones oníricas y anecdóticas establece, como en el haiku, el enrarecimiento necesario para la epifanía negativa: “las cosas, puestas al revés / imantadas hacia un centro”, “el rezo algo roedor / de un grillo encerrado en el ropero”, “la erosión de una púa gastada”, “el vigía de ojos parcos como alpaca”. Algo del mallarmeano «la destrucción fue mi Beatriz» recorre también esta serie. La experiencia es sometida a un proceso de trituración analítica (sucumbe a su catástrofe, se confronta con la memoria de la infancia) y reintegración acústica. En ese proceso la invención revela la conciencia escéptica de sí misma: “conozco esa música / su tela de araña ensayada mil veces / y vuelta a desmantelar. / En ella todo lo que se entreteje / tiene su gemelo en la destrucción. / Trinar es triturar”. En otro de los poemas hay “pájaros encontrados / en no sé qué voltaje de silencio”, pero se dice del canto: “alcohol inicuo / símil de otra sed”. Algunos poemas de esta sección parecen debatirse en la pregunta por la condición facsimilar de la imagen verbal.
Los poemas de Nostalgia (2008), que da título a la antología, trabajan una versión de la pesadilla soviética. Hay una coloratura que, no sólo por el título del libro y la palabra “stalker” en el primer poema, se podría definir como tarkovskiana: “días y noches sepia del más adherente y centrífugo invierno”. La intemperie siberiana se enlaza con la del desierto bíblico de Solar del extranjero y se opone a la suntuosidad de la escena griega: la inhospitalidad que sobrelleva toda clarividencia encuentra aquí el límite histórico de su desamparo. El caso de los poetas soviéticos de la llamada edad de plata restituye algunos temas modulados a lo largo de la antología: el poeta y el Estado, el exilio (enmudecimiento o destierro) y la conciencia del canto. Son siete poemas en primera persona: el monólogo dramático establece otra posibilidad en esta serie. El “YO”, dice Michaux en una frase citada por Cassara en uno de sus ensayos, “no es más que una posición de equilibrio”. Esa posición es sustancial en estos textos: habla una voz testimonial (“Vi desplomarse una estrella”, empieza un poema, “Vi bosques calcinados” empieza otro), pero es transferible (“yo fui un invierno Alexandr / Block petrificado en la nervadura de una hoja”). Algo me recordó la película El arca rusa, la esa voz en off que es la de la subjetividad sucediendo sin solución de continuidad y sin saber nunca exactamente porqué en el tiempo y en el espacio. Aunque en el film de Sokurov, a diferencia de los poemas de esta última sección, el frío es lo negado, está afuera del Palacio de Invierno de San Petersburgo, adentro reina la eterna majestad de lo bello, la intriga escénica, la devoción y la demencia. Nostalgia muestra un paisaje devastado ¿hay algo peor en lo que creer? se diría, invirtiendo el verso sobre Leda y el cisne: “restos de fuselaje de un avión que se estrelló”, “un trineo lleno de fantasmas”, “el vendaval”, “ateridas y rasposas márgenes del Neva”. El primer poema parece una meditación del gulag, de Voronezh o cualquier otra forma del despojo: “cuesta pensar en la estepa / sin pensar en algo imposible, / por ejemplo en la paz, la arena, el sol, las rocas, / todo eso para lo cual también fuimos hechos”. El tercero sucede a “treinta y dos grados bajo cero”, en algún punto de la inmensidad rusa, es una instantánea de la opresión y la paranoia: hay “almas monitoreadas en la lluvia”, “trenes rigurosamente vigilados” que van hacia alguna frontera y alguien que, solo en la noche, debe “apurar el paso”. La poesía de Walter Cassara, como observó Ricardo Herrera en el prólogo, es “la matriz de su escritura ensayística” [1] . Se podrían leer, por ejemplo, estos últimos poemas a la luz del ensayo titulado “Expreso transiberiano”. Tomaré tres elementos: la lengua rusa (“escribir en esa lengua ha sido desde siempre escribir contra la censura y la persecución política”), el “martirologio” de los poetas que no se plegaron a la ortodoxia (y que Cassara señala ya en Pushkin) y la formidable condensación histórica (“500 años de cultura occidental”) que se cumple entre Ajmátova y Mandelstam. La pieza clave de la serie tal vez sea esa en la que se interroga a un fugitivo “Osip Emilievich” sobre el sentido de “la historia”. El poema nos remite a esa otra pregunta que él mismo había formulado ya en 1923 en su poema “El siglo”: el siglo recién nacido pero con la vértebra quebrada: “bestia mía, ¿quién sabrá / hundir los ojos en tus pupilas / Y pegar con sangre / Las vértebras de las dos épocas?”.

Nicolás Magaril


  1. Recientemente publicada por editorial Bajo la luna con el título El oído del poema. Crítica literaria (2000-2011).

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Huesos de jibia