7 de marzo de 2014

RESEÑAS: "La casa del deshielo" de Joaquín Valenzuela, en la Revista Poesía Argentina

En esta interesante publicación digital salió una reseña de La casa del deshielo (HDJ, 2013), de Joaquín Valenzuela, escrita por Gerónimo Unibaso. El texto se titula "La velocidad de las cosas":



La casa del deshielo
Joaquín Valenzuela
Huesos de Jibia, 2013, 40 páginas

¿Qué lugar es la casa del deshielo? Yo la imagino como una copia fallida de la fortaleza de la soledad de Superman. Allí en donde esa maciza coraza de hielo protegía al héroe, aquí lo desnuda. Este hielo entonces no es cálido, y ningún mensaje grabado del padre muerto va a aparecer para decirnos qué hacer, cómo actuar. El yo de La casa del deshielo está a la intemperie, perdido. "Somos como esquimales", escribe, "cortamos hielo a cuchillo/ un cubito de hielo en cuatro/ o sea/ que con las cinco cubeteras nos alcanza/ podemos armar/ la casa de agua/ y que a poco se nos descosa/ por un canal que se nos vayan las/ ventanas". Lo que se construye lleva dentro su perdición. Todo está condenado de antemano, y sin embargo sucede.

Los fantasmas pululan en el libro, pero no consiguen asustar. Dan un golpe tras otro, intentan amedrentar al yo poético, pero él no se rinde, continúa poniéndole el pecho a las balas, no se resigna al llanto o al luto. "Esto pierde amor por todos lados", dice y se arremanga. Como un plomero trata de arreglar la pérdida y nos muestra sus manos manchadas en el intento. Porque si no "¿[...] qué van a decir nosotros los puentes? ¿qué pasábamos?".

En sus poemas, Joaquín Valenzuela nos señala que contra el dolor toda respuesta es acción: "huyan entre semana y queden viejos", escribe.  En otro poema dirá "nos sacamos las botas/ patinamos el parquet con/ el filo de una hoja a flor de pie". La acción no trata de alejar al dolor, más bien intenta dominarlo. Utiliza sus fuerzas y quiere mantenerlo contenido, en equilibrio. De esta pelea no se sale ileso, quedan marcas, cicatrices: duelen los huesos. De esta manera, el remedo de Superman que habita la casa del deshielo se preguntará qué forma tendrá su fama en los demás mientras pasea "con su capa agujereada su cubito radio al aire

En cada verso de La casa del deshielo, hay un doble movimiento, como de prestidigitación, que sugiere una cosa que resulta siendo otra. Una cosa otra que no es distinta, que ya estaba en la primera escondida, y que por alguna razón no supimos ver. Como si tuviera vista de rayos x, Joaquín ve lo que nosotros no. Más rápido que una bala, mueve sus manos devolviéndole su potencia a las cosas, y nos las restituye como si se tratara de una ofrenda. Al verlas, el nuevo brillo que tienen nos deslumbra y nos enceguece. Volver a contemplar lo cotidiano pasa a ser una aventura. Y leerlo se convierte en un acto de fe.

"Domingo no te acabes tan rápido", pide el poema. Así como le da velocidad a las cosas, a veces también las detiene. Congeladas podemos observarlas de pronto en otras dimensiones. No todo es visual: brota "otra forma de ser la de la arena/ esta aleación con hierro en plomo lava/ un ruido siempre a ola". Y como para tener fe sólo basta con creer, no hay que abrazar al sentido. En los poemas de Valenzuela el significado se nos mantiene inalcanzable, más allá, lo que no quita que nos apropiemos de ellos. Es destacable la manera en que le otorga al trasfondo de este libro de poesía una musicalidad alegre, de manera de quitarle lo tenebroso a las cosas: "ahora juegan con el chico de los golpes/ como juega la boa con el/ conejo y es en la jaula/ que él sabe de alegría es/ en los brazos que sabe de alimento". Ese ritmo que le proporciona a las palabras las transmuta, las enciende. Como producto de esa transformación nosotros también somos cambiados. De pronto nos vemos unidos unos a otros por lazos invisibles, como estrellas en una constelación. Sobrevivir es una tarea grupal: la pescadora, la lavandera, la cocinera permanecen gracias al tipeo en la kenwood semiprofesional. No estamos desamparados sin Superman, nos tenemos a nosotros. Dice el poema: "somos niños beduinos bonaerenses/ piedras de óxido/ oro en los durmientes".
Adentrarse en La casa del desierto es entregarse a una aventura anímica. Repitamos como nuestro mantra "contemplémonos pintura/ témpera al temple/ atízate!/ al acero".


que desde los baldíos se levante
que desde una esquina surja en hoja de
papel glaseado en alto y que
oro en hojas palpite sus humedades
pepitas de rocío
el espectáculo de la luz no pare
reflejo laser trópico a tus ojos
lentos levantados
para picar en parpadeo
las cañas
aromos de romero
cien picos sin florescencia
sin inflorescencia
desde las cortaderas hasta la lavanda
y los cítricos reflejos
de planta permanente
un sol flojo


la lavandera

hay que juntar Ia ropa es jueves
hay que ir a lo de la lavandera
a su casa de fondo de chapa y
le vamos a dejar
el atado del toallón

hay que juntar la ropa los batones
las camisas de alfredo el saco que
no destiñe el camisón de la chiquita armar
el atado de negra entre las piedras de un
río de tanque de agua
llovida y todo a mano

dónde estará el alfiler de gancho?
dónde se lo dejó la ultima vez? o algo
que contenga en el toallón las
cosas firmes oh la
gran manzana de la casa
bomba de crema de
lo usado en Ia semana

es loco ahora que paso tiempo y que
la lavandera sobrevivió a sus lavandos acordarse
de cuando pasó por casa las veces en que
hubo que caer trayendo flores
de su jardín
de donde yo desde el auto miraba
a mi abuelo caminar entre las calas y muy atento
saludar a la que fue su alumna decía del
magisterio
jubilada ahora
lavandera
por naturalidad o por opción

yo ya me olvidé de ese barrio
que no sería difícil de ubicar si no fuese
por el asfalto y por las cloacas
por el tendido de obras sanitarias
por la falta de espuma en el cordón de la vereda