9 de noviembre de 2014

LECTURAS/PRESENTACIONES: Presentación de "Extracto de lujuria ajena" de Ana María Manno


Ayer presentamos el nuevo libro de Ana María Manno en Vivaldi Libros Bar. Participaron Sandro Barrella y Ana Arzoumanian.

Compartimos algunas fotos del evento y el texto de presentación de Arzoumanian:






















“¿Qué provecho habrá en mi muerte cuando yo descienda al hoyo? ¿Te alabará el polvo? ¿anunciará tu verdad? Has tornado mi endecha en baile, desataste mi saco, y ceñísteme de alegría. Por lo tanto a ti cantaré, gloria mía y no estaré callado” Salmos 30- 9/12. El rey David que, según la Bibilia, era poeta, perfeccionó la organización litúrgica y dio impulso a la poesía salmódica. La biblia judía la denomina tehillim o sefer tehillim significando himno o alabanza. Muchas veces el poema se cantaba y era acompañado por un instrumento de cuerda.
Podría hacer referencia en “Extracto de lujuria ajena” al cuerpo, a los cuerpos. Podría escribir sobre la muerte, sobre la propia escritura. Pero me detendré en la resurrección.
-Había ocho o diez campesinos en la habitación contigua a la nuestra. Estaban sentados alrededor del fuego. Cada tanto alguno se movía, y una mano, o parte de un rostro, o un hombro entraba a la luz del fuego. Entonces oí una voz: “Él vendrá nuevamente. Aquel que ha sido colgado desnudo de un árbol volverá desnudo”. Mi abuelo sonrío. “Estas creencias de ustedes” dijo, “es como el mundo de la fe cristiana. Ellos dicen que el profeta Jesús volverá a la tierra. Aun algunos musulmanes creen que Jesús aparecerá en Damasco algún día”. Ese hombre no le contestó de manera inmediata a mi abuelo. Ahora su cuerpo entero estaba dentro del círculo rojo del fuego. Vi el perfil de su rostro. Tenía una nariz larga, derecha. Habló como si estuviera luchando: “Jesús renacerá con su carne, sus huesos, su barba. Mientras que Bedreddin nacerá sin huesos, sin su barba ni sus bigotes; renacerá en la mirada de un ojo, las palabras de una lengua, en el aire del pecho. Somos la gente de Bedreddin, escribe Nazim Hikmet, el gran poeta turco perseguido; no creemos en la vida después de la muerte, ni en la resurrección de quien creemos muerto. Cuando decimos que Bedreddin volverá, queremos decir que volverá su mirada, que su aliento reaparecerá entre nosotros. “Escuché esta historia cuando tenía nueve años, continúa Nazim, y creí en ella, y ahora a los treinta y pico, todavía sigo creyendo”.
Escribir cuando los dedos quieran tocar la síncopa y el stacatto y lo que verdaderamente suceda fuese un abandono. Ya no los propios dedos sino la voz de aquel que resucita. No es una conversación con el muerto la que mantiene Ana María Manno. No es que ella se “haga la muerta”, sino que su arte poética elabora la figura de la escalva para someter su voz al goce de una posesión sin bordes. No es el deleite de la idea de la propia muerte como en el maritirio de San Sebastián o en las confesiones de Mishima. Economía de la muerte deseada donde lo escrito es proferido al lugar vacío que deja la máscara.
La poeta no cabe en su piel, no sabe dónde está o lo que está haciendo, pues en ese momento pierde la conciencia. “Guarda pena su pena”, dice. El cuerpo se le inunda tanto de sensaciones que ya no es sino una sensación y, al perder su solidez y su opacidad, se convierte en una corriente viva de energía , en un un conductor de luz.  Desgarrada en ese sometimiento, la esclava de Ana María Manno no busca dominar el mundo o tener un poder sobre él, sino que intenta recorrer sus límites, la costra de algun margen.  Su voluptuosidad rehúsa la fuerza, ese señorío en la palabra; su volputuosidad es una manera de cruzar las paredes del cuerpo. Un sometimiento animal en los dedos que aprietan con tanto vigor hasta descolorar las uñas.
“ella tiene polvillo de mis huesos se nutre de mi/ forma de nombrar” escribe Manno.
Una espera como expresión de una forzosa pasividad hasta ser poseída por esa voz que reencarna en la turbación de la poeta. Allí, en lugar de mirar, actúa. Hay en esta pasión una intensidad que se aplica a cada gesto del amado hasta convertirlo en monumento. Pero también ahí, aun en el luto, el otro no es un cadáver del todo. O sí lo es. Es tan cadáver que resucita en una voz. Y ese terror es dulce. “Obedece- le dice René- sosteniéndola de pie, apoyando su espalda contra él que también estaba de pie”. Él quería de ella lo que le era imposible de consentir: la sumisión. Así ella se pierde en una ausencia de ella misma: esclava, dice la poeta bajo el verbo obedecer tan en reflejo de Pauline Réage y su “Historia de O”.
“nunca serás libre jamás se quebrará la presión que te/ nombra” dice el poema.
Se trata de la voz, la voz cuando se le suprime la palabra. Que la esclava disponga todo de modo de no tener más la palabra, que ella haga la voz del otro porque ella es la desposesión.
“no veo tumbas a mi alrededor/ las dos nos miramos”. Del cadáver, Ana María Manno hace el principio de su sed de absoluto cuando en este último verso rompe la infinita servidumbre. Ya no habrá objeto, solo imaginación. El desmantelamiento de un cuerpo singular para la conquista de una libertad inédita. Así el objeto de su deseo se manifiesta en la negación del objeto. Ella no ve tumbas a  su alrededor, solo queda la poeta frente a su creación.

Ana Arzoumanian

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