22 de enero de 2016

RESEÑAS: "Cartas de cera" de María Lanese en Solo Tempestad

Reseña #145- La escritura que cura 



Por Aixa Rava
Estoy sentada en el banco de madera debajo de la parra. El otro banco, de cemento pintado con hojas de una hiedra de fantasía, se extiende, flota junto a la hiedra verdadera que confina el patio.
Tengo junto a mí el libro de María Lanese (Italia, 1945), Cartas de cera (Huesos de Jibia, 2015, edición bilingüe español-italiano). Leo “cartas” y recuerdo esas misivas diminutas que me escribía con mi noviecito de 4º grado, y que nos entregábamos —mirando desde lejos pero con atención, para no perdernos un solo gesto— mediante nuestros mejores amigos. Eran cartas cargadas de piropos inocentes y declaraciones desmesuradas que enrollábamos como papiros o doblábamos repetidas veces hasta dejarlas más gruesas que longas. Las cartas-poemas de Lanese no difieren de aquellas en temática, pues las paradojas del amor no respetan edades, aunque sí en la forma, de delicada estructura poética; y remiten, además, a las tablillas enceradas usadas en la Grecia y Roma antiguas, tanto para escrituras de carácter público como privado. La cera es un material dúctil, versátil y de poca duración, características atribuibles a ciertos amores, pero no propias del amor como concepto abstracto e ideal.
El libro se inicia con una cita de Teócrito a manera de epígrafe, que nos recuerda la ambivalencia de Eros. Afrodita dice a su hijo, luego de que este fuera picado por una abeja y llorara, pateara y se lamentara por el dolor de la herida: “… ¿no eres tú semejante a las abejas? Tú también, hijo mío, eres pequeño, ¡pero qué heridas tan terribles dejas!” Y son estas heridas terribles el magma de las veinte lettere que componen el poemario, cada una precedida por un epígrafe del capítulo XII, “Liber”, del libro El sexo y el espanto de Pascal Quignard, salvo dos que pertenecen a los poetas latinos Ovidio y Propercio.
La mano que escribe enlaza con la misma intensidad y virtud estética todos los momentos de una relación amorosa, desde el enamoramiento y la pasión inicial, el vigor del sentimiento y el fragor del goce: “Tus labios descifran/ acercando a mi voz/ paraísos/ que ignoramos./ Un gesto leve/ como una luciérnaga/ oscila en el contraluz/ de esa codicia/ que me arrastra hasta tu boca”; pasando por el afianzamiento de la unión y la plenitud: “… y no nos importa/ la salida/ porque un olor intenso/ nos impregna/ nos mantiene suspendidos/ en un aire prófugo/ que viene de un mundo/ del que sabemos poco/ y que tampoco importa/ nos basta con demorar el porvenir/ con permanecer/ a salvo/ de la escarcha”; hasta la pérdida del amor y el recuerdo recurrente, demandante, del amado: “Tu voz persiste en encumbrarse/ y caer abruptamente…/ como besos de una boca/ que se esfuma”, “El ojo se atreve/ a revelar lo vivo/ en nuestros cuerpos olvidados”.
Y es que, cuando el amado se va, o el amor ya no rezuma como solía hacerlo, ¿qué queda? “Unión sin contacto/ aureola macerada/ en las aguas virtuosas del recuerdo./ Esto queda”. Las cartas-poemas de Lanese figuran una poética del amor desde la ausencia, desde lo ya perdido, por eso hasta lo que fue júbilo y bienaventuranza se manifiesta con nostalgia: “Quise decírtelo/ pero no pude/ aquellos/ eran días felices”.
El epígrafe de Propercio sobre el último poema del libro dice: “Un gran amor cruza hasta la orilla de la muerte”, pero es el penúltimo poema, el XIX, el que concilia escritura con olvido, pues es la escritura la que cura, la que cicatriza la herida: “Resabios/ siguiendo la traza del zumbido…/ Narro desde esa catadura”. Decir, contar, sacar de sí, sacar del cuerpo para sanar. Así, se reivindica la ausencia de palabras hacia el amado como presencia de palabras nuevas, alejadas de la aflicción, la tristeza y el duelo: “Ya no te escribo/ y era/ una forma/ aquella/ de estar/ ¡tan verdadera!/ Ahora es esta/ la manera/ de no estar/ esperándote”.
Cartas de cera (2015)
Autora: María Lanese
Editorial: Huesos de Jibia
Género: poesía



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